Revoluciones en pasamontañas fucsias y máscaras de Guy Fawkes
o
Las mil y una caras de la libertad de expresión


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

En la actualidad, la libertad de expresión tiene muchos nombres y rostros. En una de sus manifestaciones, por ejemplo, tiene cara de mujer, vive en Rusia, toca música punk, se llama Pussy Riot y se atrevió a tomar el altar de una catedral moscovita para interpretar una canción de protesta contra la reelección de Putin. En otra de sus versiones, la libertad de expresión tiene cara de hombre, nació en Australia, se llama Julian Assange y se hizo famosa por revelar secretos de Estado de muchas naciones del orbe, sobre todo de las más poderosas, en una clara protesta contra la confidencialidad de las comunicaciones oficiales. En otra de sus encarnaciones, la susodicha es ubicua, tiene millones de rostros, está conformada por bits programados en HTML y se llama red social, forma por medio de la cual erige sublevaciones contra regímenes autoritarios, organiza marchas contra cantantes impopulares o simplemente pregona a los cuatro cibervientos que acaba de romper con su novio o que comió pistachos en el almuerzo. Sin importar qué rostro nos muestre, ya un pasamontañas de colores vivos, ya una máscara de Guy Fawkes para mantener su anonimato, ya la imagen anodina de un huevo en el avatar del Twitter, la libertad de expresión es siempre osada, casi siempre incómoda, muchas veces irreverente y no pocas veces odiosa. Tiene como objetivo, según parece, la catarsis, pues, pese a que su nombre contiene las palabras libertad y expresión, paradójicamente suele vérsela todo el tiempo amordazada y reprimida, silenciada y contenida, con cara de megáfono apagado, lápiz quebrado o paloma enjaulada. Lo que no es para menos, ya que busca decir agua va en un mundo donde el agua viene, siempre e irremediablemente viene. La libertad de expresión también suele adquirir nombres que asustan y contrarían: blasfemia, subversión, perversión, obscenidad, insolencia, delincuencia, desfachatez, superficialidad, intrascendencia, violación a la privacidad o hasta atentado contra las buenas costumbres. Muchas veces se la ha llamado al orden y se le ha pedido que se contenga o por lo menos modere, pero no hace caso de las advertencias. Por eso la libertad de expresión termina siempre humillada, flagelada, crucificada y negada tres millares de millones de veces. Como por estos días, cuando en Rusia terminó encarcelada por «odio religioso», por antioficialista y por actos vandálicos. O como en Inglaterra, donde terminó acusada de violación sexual, conminada a guardar arresto domiciliario y finalmente asilada en la embajada de Ecuador —nación a cuyo presidente, por cierto, puso en unos zapatos en los que nadie quiere estar—. Y es que la libertad de expresión es esa frase bonita de significados terribles: el cuchillo de palo en casa del herrero, la boca por la cual muere el pez, el mucho trecho del dicho al hecho y, muchas veces, el mal paso al que darle prisa.



Esta entrada fue publicada el 20 de agosto de 2012 a las 11:22 am por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

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    Carlos Hernández
    21 de agosto de 2012
    10:16 pm

    Amén, por los miles de millones de seres que buscan con la letra o la palabra denunciar sus calvarios y son editados, coartados, y censurados, en su libertad de expresión y pensamiento…
    Mientras existan cobardes que prefiramos un salario, una remuneración o una dávida, seguirán existiendo los opresores, los explotadores y los crueles, disfrazados con piel de oveja.


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