De la basura discursiva y otros monarcas en cueros


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Alguna vez, hace muchos años, cayó en mis manos un libro sobre teoría de la comunicación. El autor era uno de esos gurús intelectuales a quien medio mundo reconoce como «clave para la comprensión del pensamiento moderno». Con esas credenciales abrí el libro y me puse a leer. El ensayo comenzaba algo así: «La sincategorematización de los referentes fónico-sintácticos subvierte, revierte e invierte los paradigmas sintéticos del imaginario intercolectivo y retrosocial a través de la de-semantización y re-semantización de los resimbolismos descontextuales, no tanto por las preconcepciones teoréticas, sino más por lo que Burgenstein, Collins, Gross-Weldenheimer y Caperucita Roja llaman acertadamente disfuncionalización de los sememas peristrambóticos…», o algo por el estilo. Recuerdo que la mitad de aquel palabrerío ni siquiera estaba en un diccionario convencional. Y los pocos términos que sí encontré en uno especializado estaban en la misma e intrincada jerga, de modo que el amansaburros terminaba encabronando más a los susodichos semovientes. Soy el primero en reconocer que yo de repostería cuántica no sé nada, pero encuentro irónico que aquel autor, que pretende contribuir a una mejor comunicación entre los seres humanos, lo que menos logra es comunicar. Al menos yo ni siquiera pasé nunca del primer párrafo. Pero lo que me parece todavía más irónico es que muchos de mis conocidos hablan de ese autor y hasta lo citan textualmente en conversaciones casuales. Por supuesto que todos los demás participantes en la conversación fingen saber de qué se está hablando. Yo mismo fingí un par de veces, lo confieso. Pero un día, durante una de esas pláticas, me vino a la mente aquel cuento del rey desnudo que quería convencer a todos de que llevaba puesto un traje invisible, que solo podía ser visto por personas inteligentes. En el cuento la corte entera celebró el vestido del rey en un gesto de flagrante complacencia. Justo lo que estaba sucediendo en aquella plática. Mi amigo se vestía con las palabras rimbombantes de aquel gurú y todos los oyentes asentían por compromiso. Claro que no quise ser mala gente y desenmascarar el juego, pero a partir de entonces ya no me sentí tan mal de no ser un iniciado en el pensamiento de vanguardia. Porque a estas alturas me pregunto si aquellos malabarismos verbales, aunque en el fondo sí tengan sentido, ¿sirven de algo?, ¿contribuyen al quehacer práctico del campo al que se refieren? Pero me pregunto más lo siguiente: luego de leer y escuchar toda esa franca basura discursiva —que a estas alturas ya contaminó campos y ciencias como psicología, sociología, filosofía, semiología y crítica de arte—, ¿por qué a veces me queda la sensación de que algunos intelectuales solo están agregándole paja a un mundo que necesita menos güirigüiri y más acción?


Transcrito con modificaciones de la columna Texto en contexto, Magazine 21, Siglo Veintiuno. Guatemala, del 30 de mayo al 5 de junio de 2004.



Esta entrada fue publicada el 27 de febrero de 2011 a las 11:01 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 0 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
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