Breve historia de una extensa desidentidad


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Decimos que no tenemos identidad, pero no nos percatamos de que, con tan solo cinco siglos de existencia, Latinoamérica mestiza es en verdad un pueblo muy joven. Otros pueblos ya tuvieron hartos milenios para construir sus identidades. A esto agréguese un hecho muy significativo: somos hijos ilegítimos de españoles e indias. Ya desde el inicio a los mestizos nos cayó la maldición de tener que renegar de nuestra madre india y, al mismo tiempo, de aspirar sin éxito al noble estatus de nuestro padre español. ¿Verdad que esto explica mucho de nuestro comportamiento actual? Algunos de nosotros nos vemos un poco blancos en el espejo y presumimos de tener un abuelo italiano, alemán o español. Esto suele brindarnos el pretexto perfecto para sentirnos menos guatemaltecos, pero nuestra chapinidad siempre se delata en momentos como ese cuando, pidiéndolo todo regalado y hablando en penosos diminutivos, abordamos a alguien con un «¿no me regala compermisito por favor?». Pero también estamos los otros, un poco más morenos y con apellidos más caseros, que sin embargo no queremos sentirnos indios ni negros. Rechazamos así la mayor parte de nuestra composición étnica. Si la palabra ladino nos golpea el orgullo, la palabra mestizo nos bota a la lona en rotundo knock-out. Otra faceta —y ya que acabo de decir un anglicismo— es que anhelamos el American dream: queremos el corte de pelo gringo, la casa de la revista de arquitectura y el perfume del anuncio del cable, pero no tenemos pelo canche, ojos azules ni dólares. Confundimos la tele con el espejo y, cuando notamos que el reflejo está distorsionado, el American dream se nos vuelve Latin American nightmare. Sin embargo insistimos en que nuestros hijos tengan nombres seudoanglófonos y complicados como Wylber, Meybellynn y Usnavy, y poco nos detenemos a pensar que el Pérez, López o Caal que viene a continuación revelará siempre el origen de nuestros retoños —el cual, por supuesto, ya es suficientemente evidente por rasgos de piel y fisonomía—. Pareciera que buena parte de nuestra lucha diaria fuera debatirnos entre rechazar nuestra eminente indianidad, afianzarnos a nuestra raleada europeidad y anhelar una imposible anglosajonidad. Y como la estrategia es necia y el objetivo inalcanzable, pues como que el resultado no puede ser más obvio: no tenemos identidad, concluimos. No obstante, la historia se repite una y otra vez: de cómo por más que te llamés John no dejás de ser Juan, o de cómo la identidad, perdida en este rincón oscuro, la buscamos en aquel otro donde sí hay luz.


Transcrito con modificaciones de la columna Texto en contexto, Magazine 21, Siglo Veintiuno —ahora Siglo21—. Guatemala, del 1 al 7 de agosto de 2004.



Esta entrada fue publicada el 9 de octubre de 2011 a las 11:34 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 0 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
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