Breve deconstrucción del desafortunado oxímoron «¡indios racistas!»
o
Apuntes sobre el reciente choque de culturas en Atitlán


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Reflexiono sobre todo este asunto de la expulsión de los judíos ortodoxos de San Juan La Laguna y me encuentro con algo que me llama la atención: cada uno de los dos grupos en pugna, judíos e indígenas, alega discriminación y racismo por parte del otro. ¿Se le puede dar la razón a alguno de los dos? Porque mucha gente de la capital salió muy pronto a defender a los judíos y no se tentó el alma para tildar de «indios racistas y discriminadores» a los originarios del pueblo sololateco (que esto, me sospecho, no fue más que una oportunidad aprovechada por algunos ladinos para sacar el cobre y expresar el racismo reprimido en los últimos años a causa de tanta corrección política). Tampoco faltó quien aprovechara para lucir su lado antisemita y tachara a los judíos de prepotentes «genocidas del pueblo palestino» (como si Toiras Jesed, la agrupación judía expulsada de Atitlán, fuera sionista y tuviera algo que ver con las acciones bélicas del Gobierno israelí). De ese modo, sin más ni más se le dio el corazón (que no la razón) a uno u otro grupo. Pero yo siento que lo correcto es darles el corazón y la razón a los dos. Por una parte, comprendo lo humillante que debe de ser para una persona caminar por las calles de un pueblo al que no pertenece y recibir pedradas e insultos de borrachos lugareños solo por ser diferente. Por supuesto que esto es desagradable para cualquiera, pero debe de serlo más para un judío, contra quien el odio y la discriminación de los lugareños de muchas partes del mundo se han cebado durante casi dos milenios. Por otra parte, también comprendo lo difícil que debe de ser para una persona que la dejen con el saludo en la mano, que la vean y hagan de menos por ser un sucio gentil impuro y que estos desplantes se los hagan en su propia tierra. Seguro que es denigrante para cualquiera, pero debe de serlo más para un indígena, para quien ser visto como un ser inferior en su propia tierra de origen ha sido la constante durante cinco largos siglos. Estamos, pues, ante dos grupos que durante mucho tiempo han sido víctimas de la discriminación y el racismo. Lo sorprendente aquí es que cada una de las dos víctimas, sin advertirlo, de algún modo jugó el papel de victimaria de la otra. Sospecho también que, sobre todo, cada grupo fue víctima de su propia historia. Pero lo más sorprendente es que ninguno de los dos grupos parece darse cuenta de esto. Lamento la expulsión de Toiras Jesed de San Juan La Laguna, medida improcedente desde todo punto de vista legal y moral. También lamento percatarme de que los guatemaltecos, tanto ladinos como indígenas, aún no somos capaces de absorber y encarar adecuadamente los choques culturales. Pero lo que más lamento es la incapacidad de nosotros, los que estamos lejos del barullo, de ponernos en los zapatos de los dos grupos en pugna y la ligereza con que nos prestamos a juzgar. Creemos que estamos invocando nuestros mejores derechos humanos, cuando en realidad estamos invocando nuestros peores demonios racistas.



Esta entrada fue publicada el 3 de Septiembre de 2014 a las 11:32 am por el autor, cuenta hasta ahora con 12 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
12 comentarios

  • 3 de Septiembre de 2014
    11:28 pm

    Bien dicho. El texto es modelo para dar clase en algún curso de corte antropológico, sociológico o político.


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    el autor
    4 de Septiembre de 2014
    11:39 am

    Gracias por comentar, Carlos René. Un abrazo,


  • 4 de Septiembre de 2014
    1:14 pm

    Bien dicho Julio, un abrazo y siempre un gusto leerte.


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    Raúl de la Horra
    4 de Septiembre de 2014
    11:52 pm

    Buen artículo, Julio. Ecuánime. Nos cuesta meternos en los zapatos de los demás. Como que nunca se intentó hacer un trabajo real de mediación, que habría sido necesario y ejemplar, pues el país está lleno de conflictos que suelen “resolverse” por la vía expedita de la violencia, a falta de otros lenguajes. Otra oportunidad perdida para aprender algo.


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    el autor
    5 de Septiembre de 2014
    12:08 pm

    Juan Pablo, gracias por leer y comentar. Un abrazo para vos,


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    el autor
    5 de Septiembre de 2014
    12:19 pm

    Raúl, gracias por su comentario. Muy acertado. En efecto, la violencia y la intolerancia son dos de los lenguajes que mejor entendemos, sobre todo por razones históricas. Ojalá nos cayera el len de que estas experiencias deberían convertirse en «pan pa’ nuestro matate», pa’ futuras ocasiones. Solo esperaría, eso sí, que nuestra memoria histórica no se volviera, como en hartas ocasiones anteriores, saco sin fondo. Gracias de nuevo. Un abrazo,


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    Gus
    5 de Septiembre de 2014
    3:24 pm

    Un buen texto, una buena reflexión, …o como solía ser “La Verdad Bien Dicha”. Muy bueno Julito Calvo.


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    Otto Salguero
    5 de Septiembre de 2014
    5:17 pm

    Julio, excelente forma de mostrar las dos caras de la moneda y sobre todo, de identificar la posición de quienes estamos “lejos del barullo”, poniéndonos a favor o en contra de las partes y entreteniéndonos como si fuera un partido de fútbol. Tus apuntes son muy interesantes y me motivan a reflexionar.


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    Tarsudo
    22 de Septiembre de 2014
    1:07 pm

    Muy bien por este artículo. Nos regala una idea mas clara de lo muy tolerantes que somos (lamentablemente). Saludos Julio, espero seguir leyendote en tan buenos artículos


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    el autor
    22 de Septiembre de 2014
    3:16 pm

    Tato, gracias por leer y comentar. Saludos,


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    Emilio Solano
    22 de Marzo de 2015
    5:51 pm

    Julio: un buen ejemplo de un columnista con tino, criterio propio y excelente manejo del lenguaje. ¡Qué buenos columnistas son los escritores! Un abrazo.


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    el autor
    22 de Marzo de 2015
    7:51 pm

    Gracias por comentar, Milo. Un abrazo,


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