Retrato de quijote viendo el mundo desde el interior de un clóset


En un lugar de la urbe, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, no ha mucho vivía un burócrata de los de corbata en cuello, camisa blanca, portafolio negro y zapatos de cuero. Varias sillas atiborradas de libros y papeles, un pequeño comedor desbordante de platos sucios, un sofá cama con una mesita de noche ajena al conjunto y dos sillones forrados con plástico transparente conformaban su mobiliario en aquel piso alquilado de cuatro por diez. El resto de sus pertenencias consistía en fotos antiguas de la familia, dos vajillas de porcelana heredadas de su mamá, decenas de vinilos de música disco de los años setenta y un ordenador perennemente encendido con una imagen de Marlene Dietrich en la pantalla. Vivía con un gato persa de nombre Óscar que pasaba de los diez años, una gata siamesa llamada Greta que no pasaba de los diez meses y un maniquí femenino al que apodaba Federica y mantenía vestido con no más ropa que una estola de vedette. Frisaba la edad de nuestro caballero con los cuarenta años. Era alto de estatura, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la soledad. Cuentan que se hacía llamar Alessandro, o Álex, que en esto hay diferencia entre quienes sobre él rumoran, pero por conjeturas obvias se deja entender que su nombre verdadero era Alejandro. Lo cierto es que el sobredicho burócrata, durante sus tardes de ocio ―que eran las más del año, pues trabajaba en horario matutino―, se daba a navegar sitios web sobre modas y vestidos con tanta afición y gusto que olvidaba por completo los oficios domésticos, las compras en el supermercado y hasta los pagos puntuales del alquiler. Y llegó a tanto su desatino en esto que excedió el límite de su tarjeta de crédito comprando por Internet un centenar de accesorios, joyas, perfumes y cosméticos femeninos, los más finos que pudo encontrar. Con estas transacciones e interacciones informáticas perdía noción de la realidad, y desvelábase por entender y desentrañar el sentido de su rara afición por la ropa de mujer, que no la entendiera el mismo Sigmund Freud ni demás pioneros del psicoanálisis si resucitaran para solo ello. Pero al fin se enfrascó tanto en su búsqueda virtual de prendas femeninas que se le pasaban las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio. Y así, del poco dormir y mucho navegar, llegó a perder la cabeza. Llenósele de fantasía de todo cuanto veía en Internet, así de vestidos con lentejuelas como de lencería fina, zapatos de tacón, modelos de pasarela, divas de cine, princesas encantadas y disparates imposibles. Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo: que dentro de aquel mal conformado cuerpo de hombre habitaba una donna divina y glamorosa, que aquella tosca y maltrecha figura viril no era sino crisálida en cuyo interior se gestaba una grácil y bella mariposa. Por lo tanto se le hizo conveniente y necesario, tanto para el aumento de su honra como para el recuerdo de su difunta madre, convertirse en la diva más despampanante que nadie jamás hubiese visto y recorrer el mundo en busca de aventuras en las que ejercitar y poner a prueba su glamour y encanto fatal. Así, con estos agradables pensamientos y llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba. Primero se puso a limpiar un ajustadísimo vestido negro de tubo que le había robado a una de sus vecinas de edificio y que, ya empolvado y enmohecido, largos meses había permanecido oculto en un rincón de su armario. Quiso entonces probárselo, pero algunos resabios de cordura le impidieron hacerlo a plena luz del día. De ese modo se encerró en el clóset, donde pasó un par de horas a oscuras ajustándose el estrecho vestido lo mejor que pudo y tratando de vencer el bochorno. Cuando por fin se animó a abrir la puerta, la súbita exposición a la claridad del día le lastimó los ojos. Pero esto plugo sobremanera a nuestro empleado público, pues tuvo la ocurrencia de que tal dolor era el propio de una mariposa abandonando la crisálida, de una criatura saliendo del vientre materno y viendo por primera vez la luz del mundo. Sentía, pues, que había renacido como fémina. Por lo tanto, corrió a un lado todos los colgadores de ropa y, sin más reparo, salió del clóset. Se miró en el espejo y quedó encantada de cuán joven, esbelta y maja se veía metida en aquel mínimo vestido. Pero luego quiso ponerse a sí misma un nombre sensual y evocador, excelso y voluptuoso, uno que dijera su condición de beldad avasalladora, de geisha misteriosa cuya sola mirada fulmina, de tigresa insaciable a cuya hambre de conquista no le basta el mundo entero, y en este pensamiento duró ocho días. Y al cabo se vino a llamar Alexandra Magnabella, mote de cuya sonoridad y gracia quedó enamorada en el acto. Puesto ya un nombre tan a su gusto, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que hacía en el mundo su tardanza, según eran los admiradores que pensaba fascinar, corazones que romper, deseos que despertar, aplausos que suscitar y miradas que atraer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie la viese, una noche se armó de todo su garbo y preparó su primera salida triunfal: se depiló cejas y piernas, se acomodó los genitales en el periné, se atavió con su vestido negro de tubo y se puso unos zapatos de tacón alto y una peluca de bucles dorados. Entonces terminó de maquillarse, cogió su bolso, vio su imagen una vez más en el espejo y, luego de tirarle un beso a la foto de la Dietrich en el ordenador, partió en busca de aventuras.


Texto incluido en la antología Una imagen en mil palabras (Asociación Ars Creatio, España, 2007) y publicado en Cero coma cero, páginas 185 a 188.



Esta entrada fue publicada el 11 de March de 2012 a las 10:32 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Microficción, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

  • avatar
    Carlos
    19 de April de 2012
    10:34 pm

    QUE BIEN, POR EL – ELLA, FUE VALIENTE, SINCERA, Y SOBRE TODO SE ACEPTO POR LO QUE ERA REALMENTE Y SIN DUDA FUE FELIZ.
    NO MAS…


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