De la lógica ufológica y de la no tan sobrenatural naturaleza de lo sobrenatural


De la serie Un poco de crítica seria sobre cosas nada serias

Hace algunos años, pensando un poco en esos fenómenos que llamamos paranormales, se me ocurría que a lo mejor estos no son más que una ilusión creada por la mezcla de dos efectos de percepción que en aquella ocasión di por llamar efecto prestidigitación y efecto magnificación. Los explico enseguida. Le llamo efecto prestidigitación a ese desconcierto y maravilla que nos provocan los sucesos que no podemos explicarnos, como los actos y trucos de los magos. No entendemos cómo el ilusionista pudo adivinar la carta que escogimos ni cómo logró que el cuerpo de su asistente quedara suspendido en el aire. Pero cuando alguien nos revela el modo de llevar a cabo el truco y nos percatamos de que este no tiene nada de extraordinario, de inmediato emitimos comentarios como «claro», «más obvio no podía hacer», «cómo no se me había ocurrido» y similares. A lo mejor algo parecido sucede con fenómenos como la construcción de las pirámides de Egipto. Como no sabemos a ciencia cierta cómo fueron edificadas, y como nos parece que tales monumentos son demasiado complejos y colosales para haber sido construidos con tecnología de hace cuatro mil quinientos años, fácilmente nos convertimos en víctimas de ese efecto prestidigitación. El desconcierto y la maravilla nos llevan a conjeturar que los antiguos egipcios debieron de haber contado con la superavanzada y supertecnológica ayuda de los extraterrestres o de los habitantes de la Atlántida, y así solucionamos el misterio. Pero cuando alguien nos demuestra —como ya lo han hecho algunos científicos, ingenieros y constructores— que sí es posible mover y apilar esas rocas con herramientas y conocimientos propios de la época y del lugar, nos damos cuenta de que es un evento de lo más ordinario para el que simplemente se buscaron explicaciones misteriosas. Lo que me recuerda el efecto magnificación. En este, como consecuencia del desconcierto ya explicado, sentimos la necesidad de exagerar o magnificar el suceso, de modo que obviamos la explicación más simple y privilegiamos una más complicada, fantasiosa y rebuscada. Supongamos que alguien entra en una habitación y me ve a mí parado a la par de la ventana. Después este individuo se retira del cuarto por unos momentos y, cuando regresa, ya no me encuentra a la par de la ventana, sino al lado del ropero. Lo más probable es que la persona ni siquiera repare en ello. Y si lo hace, lo más probable es que simplemente suponga que yo me desplacé caminando de la ventana al ropero y ya no le dé más vueltas al asunto. Pero si este individuo se pone a conjeturar que lo que sucedió fue que yo me teletransporté, que me desmaterialicé y rematerialicé o que vino un gigante a tomarme con su mano, cambiarme de lugar y luego desaparecer, pensaremos que el tipo está loco, necesita llamar la atención o simplemente se está complicando la existencia con explicaciones rebuscadas. Algo parecido debe de suceder con fenómenos como el del Triángulo de las Bermudas, en el que de nuevo se recurre a los extraterrestres y a la antigua civilización de Atlantis, comodines universales de la argumentación paranormal —cuando no podamos explicarnos algo, siempre podremos recurrir a los alienígenas y a los platónicos atlantes para solucionar el enigma—, o a portales interdimensionales, para explicar por qué las naves aéreas y marítimas desaparecen allí tan misteriosamente y sin dejar rastro alguno. Sin embargo, solemos ponerles menos atención a explicaciones más lógicas y sencillas como errores humanos, desperfectos de las naves, corrientes marítimas, huracanes o una observación menos selectiva de los datos —por ejemplo, que son muchísimos más los barcos y aviones que a diario atraviesan el fatídico Triángulo sin ningún problema que los que sí experimentan percances, en una segura relación de miles a uno—. Por supuesto que el error humano y las corrientes marinas son solo posibilidades, igual que la de los extraterrestres. Pero si hablamos de posibilidades, no de certezas, ¿por qué privilegiar la posibilidad más extraña y complicada y desestimar la más obvia y sencilla? Navaja de Occam que le llaman.



Esta entrada fue publicada el 8 de Julio de 2012 a las 4:06 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 3 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Postexto, Un poco de crítica seria sobre cosas nada serias, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
3 comentarios

  • 9 de Julio de 2012
    1:16 pm

    Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. Lo recuerdo dicho por Jodie Foster en Contacto. Salu por esas soluciones sencillas que parecen complejas.


  • avatar
    el autor
    13 de Julio de 2012
    1:59 pm

    Bravo. Solo que es “sine”, no “praeter”, según recuerdo, pero básicamente ahí estamos. Salú, compadre, y un abrazo,


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    Carlos Hernández
    21 de Agosto de 2012
    9:58 pm

    Ok, difiero en parte del artículo pero quien tiene toda la verdad, debemos abrir nuestras mentes, pero con mesura, solamente algo realmente, mi punto de vista no creo que seamos los únicos en el Universo…


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