La leyenda del café que sabía a chocolate


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Allá por 1992, una tarde como muchas, un amigo y yo caminábamos por la Sexta cuando, más o menos a media cuadra del cine Lux ─caminando hacia el sur─, el amigo me dijo: “Te voy a presentar a unos cuates”. Atravesamos la calle, subimos un graderío, cruzamos el umbral de una cafetería y abordamos a los tres personajes de la mesa cinco, la más próxima a la entrada. Los tres estaban sentados viendo hacia afuera, como encarnando una trilogía de severos dioses que desde aquellas alturas observaban el vaivén de los mortales allá abajo en la Sexta. Si bien el individuo en el extremo izquierdo de la mesa resultó ser el más comunicativo, los tres en general presentaban un aspecto huraño. Se notaba que yo, particularmente, no era del todo bienvenido. La trilogía de la mesa cinco estaba conformada por Aníbal López, pintor y artista conceptual ─el comunicativo─; Rubín Solórzano, pintor; y Mynor Flores, administrador de empresas. Y aquel Olimpo semioscuro de mesas anaranjadas, paredes ennegrecidas por el humo, jarrillitas de un aluminio con ínfulas de plata, cubiertos de mesa de los años cincuenta y caja registradora de alguna década todavía anterior era el legendario café Peñalba. Pasaron un par de años antes de que aquellos tres y el resto de artistas plásticos del grupo ─no presentes aquella tarde─ finalmente me aceptaran dentro de su círculo iniciático. Pero una vez en la logia, poco menos de una década transcurrió entre correntadas de café, chistes de Payo y Puyo y tertulias en las que se componía el mundo y se descomponía el chocolate guatemalteco ─jerga privada con que nos referíamos a la pseudointelectualidad, en alusión a la película Como agua para chocolate, por ese entonces de moda y tema de conversación favorito de quienes querían ser vistos como cultos─. Las tertulias se llevaban a cabo todos los días entre seis y nueve de la noche, siempre bajo la inspiración y el buen augurio del Sobrino ─Marvin Ábrego─, muso dilecto que se sentaba solitario en una mesa vecina a devorar, oculto entre el humo de sus cigarrillos, tratados de las más intrincadas filosofías. En Peñalba concurrían a diario genios y figuras de la Escuela Nacional de Artes Plásticas ─ENAP─ como Marvin Olivares, Julio Flores, Venancio Lancerio, Édgar Avendaño, Luis Robles, Jorge de León y Jorge Mayén, y uno que otro agregado cultural como Alejandra Solórzano, David Marroquín, Juan Carlos Lemus, Carolina Pineda y mi persona. Pero la lista, que se remonta a los años cincuenta, abarca medio siglo durante el cual la puerta de Peñalba fue cruzada por filósofos, políticos, futbolistas y artistas, además de vendedores callejeros, chicleros, lustradores e incontables civiles ─las malas lenguas dicen que hasta orejas─ que convirtieron aquel local a la par de las maquinitas ─el desaparecido establecimiento de videojuegos Indianápolis 500─, a primera vista insignificante, en una auténtica leyenda. Pero ahora, cuando uno pasa por allí y ve aquel umbral sellado con persiana de hierro, mil recuerdos gaseosos se agitan con violencia en la botella de la memoria: todos ellos levantan su espuma, se abalanzan hacia afuera, y uno siente ganas de pegar el oído a la persiana, por si de repente allí dentro se escucha todavía algún rumor, algún fantasma. Pero uno mejor se desentiende y sigue caminando. Se da cuenta de que un mito que parece milenario apenas comenzó hace dos semanas cuando Peñalba, otro emblema del Centro Histórico, cerró sus puertas para siempre.


Publicado en la columna Texto en contexto, suplemento Magazine 21, de Siglo.21, la semana del 15 al 21 de febrero de 2004. Reproducido aquí a ocho años del cierre definitivo del café Peñalba.



Esta entrada fue publicada el 20 de February de 2012 a las 9:52 am por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

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    Alejandra Solórzano
    21 de February de 2012
    11:23 am

    Casi me hacés llorar Julio! un abrazo y gracias por mantener viva la memoria de nuestro Legendario Peñalba.


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