La invasión del monstruo patriota de 26×36 metros


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Desde mi colonia (Ferrocarrilera, zona 5, ciudad de Guatemala), mirando hacia el este, sobre una montaña en el terreno donde se asienta la brigada militar Mariscal Zavala se divisa una megabandera de Guatemala de 26 metros de alto (más o menos equivalentes a la altura de un edificio de 10 pisos) por 36 de largo (más o menos uno de 14 niveles acostado). La tercera bandera más grande del mundo, según «registros oficiales», dice un usuario de Facebook en su página. Se supone que el pabellón despierte en el observador sentimientos patrióticos tan gigantes como ese lienzo, pero la verdad es que a mí me intimida. Libre al viento ondea la monstruosa bandera e inevitablemente imagino la ciclópea sábana de tela desprendiéndose del asta y cayéndole encima a algún ciudadano (lo que con toda seguridad no va a suceder) para literalmente matarlo de un banderazo. De hecho, ¿qué posibilidades de salir bien librada tendría una casita de colonia (que alrededor hay muchas) si se convirtiese en blanco del embate de tan descomunal enseña? No lo sé. Lo cierto es que aquel pedazo de cielo en que prende una nube su albura podría estar metiendo más miedo que patriotismo en el vecindario. Porque asombro, seguro que sí causa. Sobre todo al comparar su tamaño con el de las viviendas de los alrededores. Pero lo que inexorablemente me suscita aquel superhipermegapabellón nacional es una reflexión sobre cómo, de nuevo, podríamos estar incurriendo en aquella arquetípica y cuasisexual confusión de que el tamaño es lo que importa, de que medir más es ser más. Como si ser más o menos patriota fuera cuestión de quién la tiene más grande (la bandera). Como cuando la baja autoestima nos impele a tener el carro más grande, la casa más imponente, la billetera más gorda o el turno más caro en la procesión de Semana Santa para ser más que el prójimo. Más «vergones» que el vecino, como dirían un hondureño o un salvadoreño. Pero digamos que, por razones biológicas y evolutivas, la confusión del tamaño con el ser resulta más o menos lógica y en algunos casos hasta aceptable. ¿Qué pasa cuando nos sobrepasamos en nuestras ansias de tener lo más grande (lo que sea que sea) y rebasamos el límite en que ya no asombramos, sino intimidamos o incluso aterrorizamos? ¿Como cuando al vecino, que tiene una enorme Suburban en el garaje, queremos ganarle con un monstruoso Hummer en el nuestro? ¿Como cuando ese otro fulano, por ser más macho que su amigo cabrón para los vergazos y pilas con los culitos, adquiere una pistola, les vuela plomo a unos cuantos cristianos y ultraja a unas cuantas féminas? En fin, no es mi intención establecer una analogía entre la bandera del Mariscal Zavala y los asesinos y violadores en serie, pero es que veo el susodicho pabellón e inevitablemente me pregunto si al crearlo no se habrá confundido la magnificencia con el exceso, la grandiosidad con la excentricidad, el tamaño con el ser, el patriotismo con la megalomanía y probablemente hasta lo excelso con lo kitsch. Después de todo, ¿qué es aquella bandera extraextralarge sino un monumento a nuestro complejo de inferioridad nacional? ¿Y qué es algo descomunal, imponente y grotesco sino un monstruo?



Esta entrada fue publicada el 10 de Febrero de 2013 a las 11:17 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

  • 12 de Febrero de 2013
    11:59 am

    Bien pareciera que el Wall Street de 1987 y la Guatemala de 2013 no son tan diferentes. Los ególatras que nos dirigen tienen sus complejos de inferioridad bien claros.

    http://youtu.be/cISYzA36-ZY


  • Añadir un comentario

    Su correo electrónico nunca será publicado ni compartido. Los campos que sí es necesario llenar están marcados con un asterisco (*).

    *
    *