Fábula del conejo que tomó Viagra


Cierto conejo deambulaba cabizbajo por su vergel, pues acababa de descubrir que padecía de disfunción eréctil. Se decidió entonces a usar un reconstituyente de la potencia sexual. Compró un frasco de pastillas y resolvió probarlas esa misma noche con su compañera. Todo lo hizo de acuerdo con lo planeado y los resultados fueron espectaculares. Aquella noche hizo el amor con su coneja tres o cuatro veces hasta que desfalleció. Pero al cabo de una media hora despertó con apetito de placeres carnales aún, por lo que se fue a buscar a la vecina, con quien tuvo sexo hasta el amanecer. Y como la potencia no menguaba, se puso a tener relaciones sexuales con todas las conejas del prado, que pronto quedó convertido en un auténtico jardín de las delicias. Para su asombro, todas quedaban complacidas. «Qué pastillas tan maravillosas», dijo entonces el conejo, que no paraba de ingerirlas y coger. Pero muy pronto sucedió lo inexorable. Todas aquellas conejas, preñadas de tanto sexo sin protección, comenzaron a parir. Miles y miles de nuevos conejitos abarrotaron pronto el prado y empezaron a comerse todo a su paso. Legiones de dientecitos devoraban la vegetación y sus frutos en un furor alimenticio sin precedentes y en un santiamén devastaron aquel campo en su totalidad. Sobrevino así el hambre y la crisis. Y ante la mirada estupefacta del conejo, sus descendientes se violentaron unos contra otros y comenzaron a despedazarse a mordidas y a comerse entre sí. Nuestro conejo, que ahora se sentía impotente frente a aquel macabro espectáculo, solo observó con horror cómo uno de sus hambrientos engendros se le acercaba, le lanzaba una mirada endemoniada y le decía, con voz de ultratumba: «Tengo hambre, papá. Tengo hambre. Dame de comer», para luego arrojarse contra él con las fauces abiertas y comenzar a devorarlo. «No, no», gritó el conejo, que en ese mismo instante despertó. Se dio cuenta de que estaba en la cama con su compañera y de que todo había sido una horrible pesadilla. Cuando al fin se repuso del sobresalto, vio que su miembro continuaba erecto y que su apetito sexual no mermaba. Pensó entonces en hacerle el amor a su compañera, pero se acordó del sueño y optó mejor por la masturbación.


Texto incluido en Cero coma cero, páginas 222 y 223.



Esta entrada fue publicada el 5 de December de 2011 a las 10:45 am por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Microficción, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

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    Carlos
    5 de December de 2011
    3:11 pm

    Muy bueno, sexo, temor y pajas en buen chapín.
    Tenemos una muy buena historia de lo mal que la pasamos los humanos (bien representados por el rabit) cuando nos pasamos de la raya, nos excedemos, nos invita a meditar un poquito. Puntuación 9.
    Nota: No es un diez porque el cuento no termina con un final felíz para los espermas.


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