De los prodigios insospechados que a veces subyacen en la vida simple de los suburbios citadinos


En su patio trasero, cierto vecino tenía una verja divisoria de tablas de madera, como las que suele haber en aquel tipo de casa de colonia periférica. Pero la de este señor no era una verja común y corriente. En una de sus tablas había un pequeño agujero por el cual, pegando el ojo y mirando al otro lado, se descubría el secreto de la felicidad. Tal prodigio suburbano llegó a oídos de un pariente que, suspicaz pero curioso, decidió visitar al vecino para ver de qué se trataba todo aquel asunto. Llegó entonces a la casa de la barda en cuestión, saludó a su primo lejano y le comunicó de inmediato el motivo de su visita. Sin más demoras, el vecino lo llevó al patio trasero y le mostró el extraordinario orificio en la cerca. «Conque asomándome a ver por este hoyo descubro el secreto de la felicidad, ¿no?», dijo el pariente, con una ironía que destilaba incredulidad. «Así es», le contestó el dueño, con la calma propia de quien está seguro de lo que dice. «Muy bien», dijo el pariente. «Veamos de qué se trata entonces», y de inmediato se agachó, pegó el ojo al orificio y vio a través. Pero al otro lado ya lo estaba esperando el niño de la vecindad, quien solo vino y le puyó el ojo con el dedo. «Ay», gritó el visitante, mientras el niño se reía de su travesura al otro lado de la cerca. «Pero ¿qué clase de broma es esta, primo?», gritó el enfadado pariente. «No es ninguna broma», contestó el vecino. «¿Dónde está entonces el bendito secreto de la felicidad que tanto dices, si me está doliendo el ojo?», preguntó el visitante. «Pues justamente en el dolor, ya que el dolor es lo que nos permite reconocer, comprender y apreciar la felicidad», contestó el vecino. Por supuesto que la respuesta no fue para nada del agrado del pariente, quien de inmediato se marchó para no volver a poner nunca un pie en aquella casa. No obstante, lo dicho por aquel vecino era la verdad, aunque su pariente —y a veces uno mismo— se niegue a reconocerlo.


Texto incluido en Cero coma cero, páginas 60 y 61.



Esta entrada fue publicada el 31 de October de 2011 a las 10:32 am por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Microficción, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

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    Carlitos
    1 de November de 2011
    10:59 pm

    Yo considero necesario comentar que uno a veces es un tanto egoista porque solo quiere la felicidad para si mismo, pero no pensamos en la felicidad de los demás. Me pregunto que gran risadota se pegó el chiquitín del otro lado de la cerca. Ha verdad, si existía entonces la felicidad. Bien escrito está, maestro Julio. Saludos.


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