De lo valiente que resulta ser quien reconoce su propia cobardía
o
¿Vivir para contarlo o contarlo para vivir?


Una misma noche, de Leopoldo Brizuela (Alfaguara, 2012)

«Una misma noche», de Leopoldo Brizuela

Nadie es más valiente que el cobarde que se atreve a reconocer sus miedos. Tal parece ser la reivindicación medular emprendida en Una misma noche, de Leopoldo Brizuela, novela ganadora del Premio Alfaguara 2012, que aborda una de las secuelas más infames y devastadoras del militarismo latinoamericano de la segunda mitad del siglo anterior: el temor y su asfixiante carga de culpas, dudas, negaciones y necesidades de autorredención.


Texto. Leonardo Bazán, escritor residente en un suburbio de clase media de La Plata, Buenos Aires, se entera del reciente atraco a una casa vecina, donde unos ladrones entran a robar. Pero el incidente lo lleva a rememorar otro hecho sucedido en esa misma casa en los años 70, durante los peores momentos de la represión militar en Argentina, cuando aquella era la residencia de la familia Kuperman. Una noche de 1976, hombres del régimen llegan al domicilio de los Bazán a buscar al papá de Leonardo, un exmilitar fiel al Gobierno, para pedirle ayuda en el allanamiento de la morada vecina. Mientras su padre y aquellos hombres perpetran el acto ilegal, Leonardo —por aquellos días un púber, que además era amigo de la familia perseguida y no quería sentirse cómplice de tan infame acción— se sienta a tocar el piano. Bazán revive entonces lo perturbadora que fue aquella noche. Descubre que siente una mezcla de horror y culpa por aquel suceso, pero también que tiene dudas: qué lo motivó a sentarse a tocar el piano esa noche, por qué la actitud entre cooperativa y protectora de su madre, qué exactamente entraron a hacer su padre y los militares a la casa de las Kuperman, etcétera. Todo esto lo lleva a tomar la determinación de escribir una novela sobre el incidente, con el afán de investigarlo a fondo, comprenderlo y, con suerte, experimentar catarsis.


Supertexto. La historia es narrada en primera persona por el protagonista, Leonardo Bazán —nombre sospechosamente parecido al del autor, Leopoldo Brizuela—, quien la divide en un total de 28 minicapítulos, cada uno identificado con una letra del alfabeto. Los capítulos llevan una secuencia tal que se alternan las épocas, de modo que uno narra las acciones en el presente —2010— y el siguiente relata hechos acaecidos en el pasado —1976—. La intención final es presentarle al lector un texto compuesto por reflexiones, recuerdos, sueños, conversaciones, entrevistas e incidentes, todos ellos yuxtapuestos, como los apuntes dispersos que un escritor lleva para estructurar una novela, de manera que el lector los case como piezas de rompecabezas y arme la historia. 


Subtexto. La novela de Brizuela es fundamentalmente una exploración del miedo en distintas formas. Primero, del miedo como resabio de un pasado brutal y vergonzoso, como el provocado por la represión de los regímenes militares latinoamericanos de la última mitad del siglo XX, cuyos tentáculos aún nos afectan el día de hoy, pero en otras formas —en la del crimen organizado, por ejemplo—. Pero Una misma noche es también, y ante todo, una exploración de dos miedos básicos, el miedo a uno mismo y el miedo al pasado, así como un irrenunciable intento de comprenderlos y exorcizarlos, para lo cual el autor recurre a la estrategia de revivirlos, investigarlos, rellenar los espacios en blanco y finalmente escribir.


Postexto. Seguro que uno de los puntos más destacables de esta novela es cómo en ella Brizuela rehúye el discurso glorificador y victimista del sobreviviente y reconoce su propio temor, su propio lado oscuro, para entonces abordarlo, desmenuzarlo y finalmente comprenderlo —o literaturizarlo, que en este caso vienen a ser lo mismo—. No obstante, considero que uno de los mayores problemas de Una misma noche es lo que percibí como un abuso de los recursos de fragmentación y alinealidad. Se entiende que la intención de la novela es presentar la información de una manera dispersa, como los apuntes de un escritor, y motivar así al lector a reconstruir por sí mismo los hechos. Pero la dispersión es tal que ya desde los primeros capítulos el lector puede perderse —pues son demasiados los puntos que se le pide unir, demasiado ejercicio de connotación el que se le exige— y en consecuencia comenzar a experimentar una lectura tediosa, pese a que los capítulos son muy cortos y la novela no es muy larga. Para resumir, la ganadora del Alfaguara 2012 parte de un tema válido y relevante, pero propone un juego de armar demasiado complejo que puede cansar, que a media lectura puede provocar decir «ya no juego».



Esta entrada fue publicada el 23 de July de 2012 a las 11:29 am por el autor, cuenta hasta ahora con 0 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Metatexto, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
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