De cómo hasta la escuela de la vida favorece a quienes tienen para comprarle manzanas a la maestra


De la serie Un poco de crítica seria sobre cosas nada serias

Hace algunos años estuvo circulando por correo electrónico un cuento sobre cierta joven universitaria que, proveniente de una familia adinerada, sin embargo se confiesa de izquierda y acusa a su padre de capitalista y explotador. Cuenta el cuento que el papá, con el propósito de darle una lección a su hija, le preguntó un día cómo iba en las clases. La joven respondió que muy bien, con promedios de diez sobre diez. A continuación el señor le preguntó por cierta compañera de clases. La hija le explicó que esta amiga era muy descuidada en sus estudios, por lo que sus promedios eran muy bajos, de cuatro o cinco sobre diez. Entonces el papá le propuso que por qué no se compadecía de ella y le regalaba algunos de sus puntos, ya que tanto era su afán de socialismo y de ayuda a los menos aventajados. La joven resintió esta propuesta, reclamó que se había esforzado mucho por obtener su excelente promedio, se rehusó a fomentar la mediocridad de su amiga y sin darse cuenta comenzó a hablar como toda una derechista. Rápidamente comprendió el punto de su papá, quien a continuación comparó el éxito académico de su hija con su propio éxito empresarial y le hizo ver que la escuela de la vida es como la universitaria: quien se esfuerza sale adelante; quien no, se queda atrás. Resulta, pues, que la intención de esta historia es defender el capitalismo con el argumento de que cada quien tiene lo que tiene gracias a su esfuerzo. Por lo tanto, del anterior cuento se debe colegir que los grandes empresarios y accionistas de corporaciones multinacionales se esforzaron mucho y obtuvieron un diez sobre diez. Pero entonces también hay que entender, a partir de este cuento, que los habitantes de asentamientos y barriadas populares fueron pésimos estudiantes y lograron apenas un puntaje de uno, dos o tres sobre diez. Por último, quienes conformamos las clases y estratos medios hicimos, como la amiga de aquella joven, un esfuerzo mediocre y nos ganamos consecuentemente un cuatro, cinco o seis sobre diez. Vaya descubrimiento más triste para nosotros, los que provenimos de estamentos medios y bajos. ¿Debemos creer que somos todos una bola de mediocres? Veamos. Como ya expresé, pertenezco a un estrato medio, lo que significa, según este cuento, que hice un esfuerzo mediano por superarme y en consecuencia obtuve, digamos, un cinco sobre diez. Pero eso no es cierto. Yo nunca me gané ese cinco sobre diez. La realidad es que lo heredé de mis progenitores, quienes a su vez lo heredaron de mis abuelos, y así quién sabe cuántas generaciones atrás. En otras palabras, nunca me gané el pertenecer a la clase media. Simplemente nací en ella. Y en igual situación está la mayoría de la humanidad. A ojo de buen cubero se puede decir que casi todas las personas pobres o de clase media vivas en la actualidad nacieron siendo pobres o de clase media. No es que hayan hecho algo malo o mediocre en el transcurso de sus vidas para pertenecer a dichos estratos y clases. Y con las personas ricas pasa exactamente lo mismo. La mayoría de ellas nació con ese estatus socioeconómico, pues en todo caso fueron sus antecesores quienes amasaron las fortunas de que ellas disfrutan hoy. No es que hayan hecho un esfuerzo aplicado y sobresaliente para estar donde están ahora. No se puede negar, por supuesto, que existe la movilidad socioeconómica y que algunas personas han acrecentado su estatus por su propio mérito o lo han disminuido por su propio descuido. Pero estas personas son las menos. Tengo la sospecha de que no llegan ni al cinco por ciento de la población mundial. Y en el grupo de las que se trasladaron a un estatus socioeconómico mayor, todavía nos faltaría descartar a todas aquellas que lo lograron por medios ilícitos o cuestionables desde un punto de vista ético. Por decirlo de otro modo, a todas aquellas que hicieron trampa en el examen para obtener su buena nota final. Lo cierto es que este cuento expone algunas falsedades que ensalzan a las personas opulentas, pero con una descalificación implícita a las personas de escasos recursos. Sencillamente no es cierto que el rico sea mejor estudiante en la escuela de la vida ni que el pobre sea un alumno al que haya que castigar mandándolo a un rincón de la clase con orejas de burro. No es cierto que la persona adinerada, por el simple hecho de ser adinerada, tenga mayores y mejores cualidades que la persona desposeída. Ciertamente no veo nada de malo en querer prosperar económicamente y en reconocer las cualidades de quienes lo han logrado de maneras honradas, pero se debe tener cuidado en cómo se ensalza a la persona rica. Muchas veces la glorificación de la persona rica presupone una satanización de la persona pobre.



Esta entrada fue publicada el 2 de June de 2010 a las 6:09 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Postexto, Un poco de crítica seria sobre cosas nada serias, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

  • 18 de January de 2011
    3:51 pm

    Chingón tu análisis. Con tu cuento podría explicarme a mi mismo por qué en las pasadas elecciones una Alejos Botrán buscaba una curul a través de la ANN jajaj.

    Salú


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