De cómo en ocasiones los derechos individual y social se minan el uno al otro


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Luego del cierre temporal de la mina Marlin en San Miguel Ixtahuacán, San Marcos —ordenado por el Ejecutivo guatemalteco después de que un estudio revelara indicios de envenenamiento en algunos lugareños—, el sector empresarial inmediatamente se pronunció en contra de la medida arguyendo que esta sienta un mensaje negativo y desestimula la inversión. Muchos empresarios, nacionales o extranjeros, no querrán invertir en Guatemala después de tal medida, dicen los representantes de la iniciativa privada. Por supuesto que este pronunciamiento provocó la contracrítica de asociaciones y grupos de derechos humanos. Pero la verdad, luego de un par de meditaciones no tan profundas —pues no son necesarias—, es que el sector empresarial tiene la razón en este caso. Por más vueltas que uno le dé al asunto, la medida comporta un desestímulo a la inversión privada. La historia lo demuestra. La abolición de la esclavitud en Estados Unidos, por ejemplo, supuso un fuerte desestímulo a la inversión. Seguro que la orden del Gobierno de Lincoln de liberar a los esclavos negros y de reconocer en ellos a seres humanos con iguales derechos les representó cuantiosas pérdidas económicas a los terratenientes estadounidenses, pues estos se quedaron sin uno de sus más valiosos activos, los esclavos, a quienes luego tuvieron que reemplear, pero ahora contratados como trabajadores, con salario y prestaciones. Seguro también que varios terratenientes no pudieron con el coste económico que esto representaba, por lo que sucumbieron ante la medida y no tuvieron más remedio que declararse en bancarrota. Qué depresora de la inversión resultó esa medida del Gobierno federal, pues seguramente hubo capitalistas interesados en invertir en tierras estadounidenses que mejor se desentendieron del asunto cuando se percataron de que ya no podrían adquirir esclavos para trabajarlas. Y todo por esa manía ilustracionista de andar reconociendo los derechos humanos de, ¡vaya!, seres humanos. Y lo mismo sucedió —ya que hablamos de constructos de la Ilustración que le acarrearon estragos a la inversión capitalista— con el advenimiento de los derechos humanos, esos engendros del mismo liberalismo derechista y franca brujería de gente blanca. Seguro que la aparición de los derechos de los trabajadores, por poner otro ejemplo, también significó severos desestímulos a la inversión empresarial. Imaginemos las pérdidas en que incurrieron muchas compañías cuando, por orden estatal, debieron empezar a pagar salarios mínimos, reducir las horas laborales e incluir prestaciones en sus columnas de pasivo. ¡Qué les pasa, señoras y señores proderechos! ¡Todo eso es dinero que no se tenía presupuestado y que los accionistas dejaron de percibir en la repartición anual de utilidades! Y todo por esos molestos trabajadores que simplemente no podían sobreponerse a su miseria, a su hambre y a la fatiga de las largas jornadas laborales para pensar un poco, ¡qué poca visión!, en el recorte de ganancias que aquellas medidas les iban a provocar a los accionistas. Tampoco pensaban, por supuesto, que todo esto iba a enviarles un mensaje negativo a muchos empresarios y a desestimular las inversiones en el futuro, pues muchos capitalistas no iban a querer invertir su dinero en una nación o sociedad cuyos habitantes buscan avalar legalmente su dignidad. Y lo mismo sucede hoy en día con algunas prácticas mineras. Tanta regulación que quieren imponer y tanta preocupación por unos nimios porcentajes de toxinas en los organismos de los lugareños sientan, de hecho, precedentes negativos y ahuyentan a más de una corporación minera, que ante la situación mejor se larga a otro país donde no se haga tanta alharaca con que el impacto ecológico aquí, el impacto social allá y el impacto en salud acullá. Queda claro, pues, que vetos a la libre actividad minera como el que se acaba de dar en Guatemala pueden implicar desestímulos a la inversión. Y todo por querer sobreponer el interés social al interés individual. No hay derecho.



Esta entrada fue publicada el 13 de Julio de 2010 a las 6:40 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 0 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
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