De buenos ciudadanos y otras ficciones


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Luego del necesario disclaimer —voy a contar el argumento de una película— procedo con mi comentario. Por estos días acabo de ver una lica viejita que tenía pendiente. Dogville (2003), de Lars von Trier, ofrece una inquietante reflexión sobre la naturaleza del bien y el mal. De casi tres horas de duración, filmada enteramente en un set minimalista y ambientada en los Estados Unidos rurales de la Gran Depresión, la película narra la historia de Grace (interpretada por Nicole Kidman), una dulce y atractiva joven citadina que, perseguida por un gánster, busca refugio en un pueblucho llamado Dogville, habitado por unas seis o siete familias. Los lugareños, que llevan una vida sencilla y regida por valores tradicionales, vacilan entre albergar a Grace o correrla del pueblo, pues su presencia allí conlleva serios peligros en vista de que la joven es buscada no solo por la mafia, sino también por la Policía —no porque ella haya cometido algún ilícito, sino simplemente por su relación con el gánster—. Sin embargo, la población de Dogville opta por esconderla y ayudarla, pero se conviene en que ella debe compensar de algún modo a cada una de las familias. Así, Grace comienza a visitar día a día cada casa del pueblo para convivir un rato con cada familia y ayudarla en lo que pueda. Todo marcha bien las primeras semanas, y el pueblo está encantado con la muchacha. Grace misma, que viene hastiada de la ciudad, se enamora de aquella vida sencilla del campo. Sin embargo, no tardan en surgir los problemas. Primero, las visitas de la Policía se vuelven frecuentes. Luego, poco a poco las tareas de Grace en cada casa se tornan obligaciones tediosas, de modo que muy pronto la joven termina convertida en la sirvienta del pueblo. Pero lo peor de todo es cuando los buenos habitantes de Dogville sacan las uñas. Las mujeres envidian la belleza de Grace, razón por la cual desconfían de ella y le hacen la vida imposible. Los niños, en su inocencia, se burlan cruelmente de la advenediza y comienzan a chantajearla: le piden cosas y la amenazan con que si no los complace les dirán a sus papás que ella les pegó. Pero las peores vejaciones las sufre de parte de los hombres, quienes, aprovechándose de su vulnerabilidad, no tardan en propasarse y abusar sexualmente de ella. Todos los varones de Dogville la ultrajan. Todos, excepto el filósofo e intelectual del pueblo, Tom (Paul Bettany), que está enamorado de ella —tanto como ella de él— y quiere huir con la joven, pero que siempre se acobarda y parece más preocupado por preservar la moral y las buenas costumbres de Dogville. Y de hecho es él quien, viendo que la presencia de Grace en el pueblo es ya insostenible, llama al gánster para que venga por ella, se la lleve del pueblo y este vuelva a la normalidad. El gánster (James Caan) se apersona una noche en Dogville, y es entonces cuando la película da un giro para revelar que Grace es hija del mafioso y que esta se había fugado luego de una discusión con su padre. Resulta que la joven, por su sensibilidad y sus valores morales, no solo estaba harta de la vida criminal que le procuraba su familia, sino que el día de su huida había acusado a su padre de ser arrogante por ceder a sus ansias de poder y a sus impulsos criminales. Pero esa noche el papá le hace ver a Grace que en realidad es ella la arrogante por su superioridad moral y por el estoicismo con que soporta los vejámenes. Luego le otorga a su hija el poder de hacer con Dogville lo que le plazca. Después de unas cavilaciones, Grace finalmente cede a su indignación y les ordena a los socios de su padre que arrasen con el pueblo y todos sus habitantes, pero pide que no le hagan daño a Tom. Los gánsteres ametrallan a hombres, mujeres y niños por igual y luego le prenden fuego al pueblo, todo ante los ojos del intelectual Tom, que ve aquella masacre como una metáfora ilustrativa de los valores morales que él dice procurar. Entonces Grace baja del auto de su padre, se acerca a Tom y lo mata ella misma de un disparo, después de lo cual la comitiva criminal se dispone a marcharse. No obstante, de pronto se escuchan unos ladridos en un cobertizo olvidado por el fuego. Los matones se acercan al perro para liquidarlo, pero Grace ordena que se lo deje vivir, pues el animal solo está enojado porque ella le quitó un hueso. Los hampones se retiran y los créditos finales de la película corren en la pantalla. Termina Dogville, pues, con un cuestionamiento perturbador: ¿hay realmente diferencia entre las buenas costumbres del campo y las de la ciudad? ¿O entre la moral de un criminal y la de un ciudadano común y corriente? Reviso esta reflexión a la luz de algunos de los últimos eventos acaecidos en Guatemala y se acrecienta la perturbación. Por ejemplo, recuerdo aquel video de los soldados propinando una golpiza a dos adolescentes en una localidad chimalteca y los posteriores comentarios de los buenos ciudadanos guatemaltecos apoyando a los militares. Me acuerdo igualmente de esos buenos que siempre son más y que sin ningún empacho expresan su admiración por Giammattei, Sperisen y Vielmann por sus presuntas acciones de limpieza social. Imposible olvidar a esos otros guatemaltecos de bien que en su momento admiraron a Portillo por haber matado a dos en Chilpancingo. También reparo en los manifestantes de la plaza que pedían a gritos, sartenazos y vuvuzelas la renuncia y el enjuiciamiento de Otto Pérez Molina, pero que votaron por él en las elecciones anteriores y que ahora lo hicieron por Jimmy Morales. Y por un momento esa Grace que todos llevamos dentro me revuelve las entrañas e incontenible vocifera que ojalá un día todos esos buenos ciudadanos vean sus deseos cumplidos y tengan soldados en la calle vergueando a sus hijos, estados de sitio con ejecuciones extrajudiciales y al gobernante que se merecen en la silla presidencial. Por supuesto que no tardo en acallar a mi Grace interna porque uno tampoco está libre de pecado y porque la indignación, como bien lo muestra la película de Von Trier, también puede ser germen de violencia. No obstante, la reflexión está hecha. La moral y las buenas costumbres pueden retrotraer a cualquiera a un pueblecito pintoresco y apacible en las afueras de la ciudad, pero con frecuencia olvidamos que el amor no correspondido es un perro bravo olvidado en un cobertizo y, sobre todo, que la indignación tiene cara de hija de gánster humillada, golpeada y ultrajada.



Esta entrada fue publicada el 9 de Septiembre de 2015 a las 4:49 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 6 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
6 comentarios

  • avatar
    Tato
    11 de Septiembre de 2015
    9:35 am

    Tenés razón en cuanto al perfil de Grace pero… son dos caras de la moneda: la una como tooooodos dicen: “los militares” pero la otra la que la gente “socialista y de nuevos “valores”” proclama a los “guerrilleros” como buenos. Pero debemos tener la vista clara que AMBOS grupos cometieron homicidios. Si juzgamos a un grupo para tener justicia real deberemos juzgar de igual manera al otro.


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    Diego
    11 de Septiembre de 2015
    4:38 pm

    Julio Calvo con un texto que le deja al lector mucho en que pensar, como siempre.

    Buenísimo.


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    el autor
    12 de Septiembre de 2015
    7:24 pm

    Tato, gracias por leer y comentar. Estoy de acuerdo con vos en que se debe ser objetivo y no privilegiar a ninguno de los dos bandos, dijeras vos. Sin embargo, en el caso de Guatemala y del conflicto armado, esa misma objetividad debería llevarnos a reconocer que, si bien ambas caras de la moneda cometieron crímenes, una de ellas perpetró muchísimos más que la otra, más o menos en una proporción de 9 a 1, de tal manera que equipararlos y darles el mismo peso resulta también en una falta de objetividad. Pero, más que discutir los crímenes del conflicto armado interno, lo que trato de plantear aquí es una situación de doble moral que percibo a mi alrededor y que vi representada en una película. Nada más. Gracias de nuevo por tu comentario.


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    el autor
    12 de Septiembre de 2015
    7:25 pm

    Diego, gracias por leer y comentar. Un abrazo,


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    Fernando
    15 de Septiembre de 2015
    8:16 am

    El error está en clasificar todo nítidamente en dos categorías paralelas a lo “bueno” y lo “malo”. Se evidencia en lo que opinan muchos sobre el conflicto armado (eligiendo bandos como si fuera partido de futbol) pero está profundamente enraizado en nuestra forma de pensar. Somos muy veloces para encasillar sin tomar en cuenta toda la información.


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    el autor
    15 de Septiembre de 2015
    10:33 am

    Fernando, gracias por leer y comentar. En efecto, encasillar todo como bueno o malo es un grave error.


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