De amaneceres radiantes y sus negruras previas
o
Breve deconstrucción del final del cuento de la Caperucita Roja


De la serie Lentes tridimensionales para cíclopes tuertos

«Ven a darme un poco de calor, que el invierno es cruel con una vieja como yo», dice la abuela, metida en la cama. Caperucita Roja se quita los zapatos, se acurruca entre las sábanas junto a la anciana y se duerme enseguida. La larga caminata y los juegos con el lobo en el bosque la han dejado rendida. Pero la niña pronto abre los ojos, pues siente que algo no está bien. Es entonces cuando voltea a ver. «Abuelita, qué ojos tan grandes tienes», le dice a la anciana. «Son para verte mejor», le contesta ella. «Qué orejas tan grandes tienes», admira la adolescente. «Son para oírte mejor», responde la señora, con un tono de regodeo insano en su voz. «Qué boca tan grande tienes», dice Caperucita, cuyo asombro ya se tornó en horror. «Es para comerte mejor», prorrumpe la octogenaria, que así pone al descubierto su verdadera identidad, la del lobo feroz, y se abalanza contra la muchacha. La sujeta de los brazos con sus patas delanteras, mientras con las traseras le inmoviliza las piernas y con sus colmillos le arranca la ropa hasta dejar la piel al desnudo. Ya nada le impide ahora a la bestia devorar aquella carne suave, fresca y temblorosa. La muchacha solo recibe las acometidas de la fiera en cada parte de su cuerpo. Trata de resistirse, pero desfallece con cada lamedura, mordida y rasguño del animal. Profiere gemidos cada vez más agónicos hasta que, vencida y sin fuerzas, la joven finalmente sucumbe al hambre de la bestia, cierra los ojos y ve la oscuridad absoluta, vacía, como la muerte. No siente nada. No piensa nada. Todo es nada. Todo ha pasado y la negrura es ahora perpetua. De pronto se hace de día y Caperucita por fin despierta. Se sacude la modorra matutina y voltea a ver a su lado. La abuela duerme profundamente a la par. Es entonces cuando se da cuenta de que todo su lance con el lobo no había sido más que un sueño: uno que ella habría tenido por pesadilla de no ser por esa insólita paz que le confortaba las entrañas. «No hay lobo más feroz que un deseo insatisfecho», recuerda haberle escuchado a la abuela alguna vez. La frase la intriga, pues siente que en ella está la clave de su sueño, pero a la vez la tranquiliza. De algún modo sabe que la anciana, que ya está por despertar, comprenderá por qué las sábanas de la cama habían amanecido empapadas.



Esta entrada fue publicada el 5 de September de 2011 a las 12:26 am por el autor, cuenta hasta ahora con 2 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Lentes tridimensionales para cíclopes tuertos, Microficción, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

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    Marco
    5 de September de 2011
    5:54 pm

    Me gusta la manera como te expresas


  • 1 referencia

  • 5 de September de 2011
    12:52 pm

    […] De amaneceres radiantes y sus negruras previas o Breve deconstrucción del final del cuento de la Ca… hypertexta.com/2011/09/05/de-amaneceres-brillantes-y-sus-…  por hypertexta hace nada […]


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