Génesis mitológico-naturalista y método práctico para encender fogatas


Extracto de una historia colectiva en una noche de campamento

¿Me toca a mí seguir la historia? Bueno. Mientras caía, recordaba cómo la creación había sido una aventura de dioses. Cuentan que estos, en su espíritu de exploradores, boy scouts con alma de Big Bang, una noche salieron a acampar al bosque y prendieron una fogata. Y en el acto de soplar y menear la leña, las chispas saltaron desparramadas a incrustarse en la bóveda celeste. De ese modo nacieron las estrellas, que desde entonces también son denominadas chispas del fuego divino. Los demiurgos, los primeros civilizadores, los semidioses Mujer Piedra, Hermafrodita Fuego y Hombre Vara, quisieron imitar a los dioses. Así que una noche al principio de los tiempos también ellos salieron a acampar y prendieron una fogata para añadir sus propias estrellas al firmamento. Se cuenta que Mujer Piedra calculó y dijo: «Veamos, las estrellas riegan su luz por todas direcciones. Por lo tanto, son de forma circular.» Acto seguido, apiló las piedras en círculo. Vino entonces Hermafrodita Fuego, quien a su vez calculó y dijo: «Veamos, los haces de luz salen expulsados de la estrella. Por lo tanto, esta arde en su interior.» Luego colocó los maderos apoyados uno sobre otro hasta formar un como volcancito y prendió un fósforo dentro de él. Finalmente vino Hombre Vara, quien en su momento calculó y dijo: «Veamos, la estrella titila porque sus rayos son impelidos hacia fuera, luego succionados de vuelta hacia dentro, de nuevo expulsados y otra vez absorbidos, y así perennemente. Por lo tanto, hay una fuerza constantemente comprimiéndola.» Dirigió su vista a la fogata y vio que los leños se resbalaban del montículo, de modo que ponían el fuego en peligro de extinción. Así que tomó una vara larga, se puso a empujar los maderos escurridizos hacia el centro del círculo, como para compactar el conjunto, y así consiguió que el fuego permaneciera encendido. La fogata ardía y las chispas se desparramaban, pero era inútil. Por más que los semidioses conjuraban al viento con soplos, fósforos, dedos ensalivados y desideraciones como «¡Mierda! ¡Alza las chispas, viento! ¡Que rasguen el cielo!», las chispas se quedaban revoloteando en el bosque. También cuentan que el viento se enojó y les reclamó a los demiurgos, con voz de chiflón invernal: «A mí no se me dan órdenes. Yo soy quien tiene la voz de mando. Cuando yo digo ‘hojas, caigan de los árboles’, las hojas me obedecen. Cuando ordeno ‘mézanse, copas arbóreas’, ninguna de ellas deja de cumplir mi mandato. Y si mi deseo es ‘huracánate, mar, y destruye la tierra’, el agua se abalanza contra la tierra y esta sucumbe. En castigo a su osadía, me quedo con sus sueños. Desde hoy son mías las chispas de fuego que tanto anhelaban ver convertidas en estrellas». Así que las chispas se quedaron vagabundas en aquel bosque, y el viento mismo se encargó de esparcirlas por todos los bosques de la Tierra. Fue así como nacieron las luciérnagas, medio estrellas, chispas de un fuego que nunca tocó el cielo. Como la sombra del árbol, que por el peso de su recuerdo se hundía y se hundía y no tocaba nunca el fondo del lago. Te toca a vos.


Texto incluido en El retorno del cangrejo parte cuatro, páginas 40 a 42.



Esta entrada fue publicada el 7 de May de 2012 a las 9:40 am por el autor, cuenta hasta ahora con 1 comentario, fue clasificada dentro de las categorías Microficción, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
1 comentario

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    Carlos
    29 de May de 2012
    3:08 pm

    Sin comentarios pero lo leí.


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