Amor y odio en superoferta de dos por uno


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

No cabe duda de que el amor es uno de los conceptos más confusos que manejamos. Nos preguntan qué es amar y nos quedamos en blanco. Nos cuesta decirle «te amo» a la persona que creemos amar o que espera oírlo de nosotros —y más de alguien se va a reír, pero por ratos he llegado a creer que esto podría ser más un malentendido semántico que una confusión emocional: muchas veces no es que no estemos seguros de nuestros sentimientos para con la persona, sino más bien del significado de las palabras amor, amar y demás variantes morfológicas—. Pensadores, filósofos, escritores y hasta motivadores y autores de literatura de autoayuda han propuesto sus definiciones. Un maestro de Filosofía del colegio solía decir que el término es simplemente indefinible, por lo que pasaba al siguiente punto y fin de la discusión. Hasta los cantantes populares tratan de definir tan confuso concepto, como José Luis Perales, que hace melosas afirmaciones como que «el amor […] es buscar un lugar donde escuchar tu voz», o José José, que hasta propone las diferencias entre amar y querer en una canción con ese preciso título. Fidelidad, eternidad, romance, dar la vida, querer, necesitar y hasta el sexo son, si no sinónimos, sí conceptos que hemos vuelto muy afines a la palabra amor. Y a pesar tanto del pensamiento serio como de la franca cursilería que se le ha invertido al concepto, la pregunta persiste. ¿Qué es amar? Dentro de este panorama yo no presumo de tener la respuesta, pero desde hace ya unos años vengo pensando un par de cosas que a lo mejor nos ayudan a entender el complejo amor y de pronto hasta a definirlo. Son las que comparto a continuación. Para empezar notemos que amar y odiar son dos términos muy afines. Tan contrarios que por eso mismo son afines. Y por esa razón aquí los trato juntos. Luego creo conveniente hacer un esfuerzo por extender la significación de ambos términos, sobre todo la del amor, también a cosas y objetos, no solo a personas, menos a nuestras relaciones personales —amistad, familia, etcétera—, y menos aún a nuestras relaciones de pareja. Dadas estas condiciones entremos en materia. ¿Cuál es nuestra reacción primera —y acaso primitiva— ante una persona o cosa por la cual sentimos eso que llamamos odio? Por supuesto que rechazo, pero ¿cómo lo manifestamos? Pues muy fácil: alejándonos de la persona o cosa. Y al decir alejándonos lo digo en su sentido más físico, más fenoménico: caminar en el sentido opuesto, de modo que se incremente la distancia entre uno y lo odiado. Lo mismo, solo que al revés —si se me perdona la paradoja cantinflesca—, sucede con el amor. Nuestra reacción primaria ante una persona o cosa por la cual sentimos lo que llamamos amor es, pues, acercarnos a ella: caminar adonde se encuentra dicha persona o cosa, de modo que decrezca o se anule la distancia entre uno y ella —tal vez en un impulso fisicoquímico de fundirnos con lo amado y ser uno solo—. Dado lo anterior se me ocurre que una definición fenomenológica de odiar podría ser: anhelar, procurar y mantener la lejanía de un objeto o sujeto que, por la razón que fuere, nos desagrada. La de amar, por el contrario y por lo tanto, podría ser: anhelar, procurar y mantener la cercanía de aquel objeto o sujeto que por cualquier motivo nos agrada. Y aquí es donde se tornan interesantes algunas reacciones físicas como, por ejemplo, la de abrazar al objeto o sujeto amado, como reteniéndolo para que se quede cerca y no se aleje, o la de interponer la mano entre uno y el objeto o sujeto odiado, como diciéndole «quedate lejos, no te me acerqués». Pero sigamos. El amor, entonces –y según lo aquí planteado–, no sería más que el impulso y esfuerzo por acercarnos a lo que nos gusta, del mismo modo que el odio no sería más que el impulso y esfuerzo por alejarnos de lo que nos disgusta. Las razones por las que un objeto o sujeto determinado nos gusta o disgusta son tan diferentes como diferente es cada amante y odiante. Y a mi criterio no son harina de este costal. El punto es que el ser, por la razón que sea, nos agrada o desagrada. Y el amor y el odio son los hechos de desear –aún idealmente– y procurar –ya activamente– la cercanía o lejanía de este ser. Ahora bien, los mal acostumbrados a la complejidad podrán objetar que toda esta visión del amor y el odio es muy simplista. Pero la verdad es que acercarse al ser amado o alejarse del ser odiado no es tan sencillo como puede parecer a primera vista. No se crea que por reducir estos conceptos a nociones espaciales de cercanía o lejanía se nos facilitan las tareas de amar y odiar. Para empezar, dichas nociones conllevan consecuencias. Por ejemplo, la inexistencia o muerte de un ser es su lejanía absoluta, la cual es dolorosa para el amante, pero afortunada para el odiante. De igual manera, la vida o existencia de dicho ser es una inminente promesa de su cercanía, que resulta afortunada para el amante, pero desagradable para el odiante. Por lo tanto, si el amante quiere al ser amado cerca de sí, de manera inevitable procurará su vida o existencia, para lo cual procurará también su bienestar, buen estado, felicidad, etcétera, pues al asegurar su existencia, vida o supervivencia aumenta la probabilidad de su cercanía y de hecho la propicia. Del mismo modo, cuando el odiante anhela la lejanía del ser odiado, consecuentemente es propenso a desear y procurar su inexistencia o muerte, por lo que puede propiciar el malestar, mal estado, infelicidad o hasta anulación de dicho objeto o sujeto, pues sabe que al asegurar su inexistencia asegura también su lejanía absoluta. Pero aquí se debe hacer la salvedad de que el odio puede –y muchas veces debe– ser atenuado por actitudes como la tolerancia, la cual nos mueve a entender que también lo odiado tiene derecho a existir y en ocasiones nos lleva a aceptarlo e incluso amarlo. Por otro lado, todo lo anterior se plantea en un plano ideal, en que el amor u odio es puro y no hay otro sentimiento interponiéndose. Porque, por ejemplo, se puede amar a la pareja y hacer lo posible por procurar la felicidad de esta. Pero sucede a menudo que se interponen otros amores, como las amistades, el trabajo, la televisión, los hijos…, incluso otra pareja, todos los cuales también demandan atención y, por ende, la desatención de otros amores circundantes. Y algo similar se puede plantear respecto al odio. Pero todo esto introduce otra variante interesante: la de los grados. Es decir, el hecho de que un objeto o sujeto puede ser más o menos amado u odiado que otro. Pero hay otra complicación más interesante –muy paradójica también, por cierto–: la del amante que por amor decide alejarse del ser amado, pues en ocasiones entiende que la cercanía del objeto o sujeto amado puede ser perjudicial. Sucede que aquí se introdujo un nuevo matiz: se nos olvida con frecuencia que un objeto o sujeto amado también puede ser amante; que él, ella o ello también puede sentir una profunda admiración, afinidad o atracción por un ser que no es precisamente uno. Lo anterior, por supuesto, resulta doloroso. Pero es ahí donde afortunadamente participan otros amores: el amor a uno mismo, por ejemplo, que nos impele a no autoinfligirnos dolor. Y es ahí también donde uno emprende el alejamiento, pues así procura un bien tanto al ser amado como a sí mismo. Podemos seguir elucubrando y descubriendo más facetas del amor y el odio a partir de las ideas aquí propuestas, pero baste lo desarrollado hasta aquí para comprender la intrínseca afinidad entre aquellos dos conceptos y cómo un acercamiento fenomenológico a ellos nos puede ayudar a dimensionarlos de otro modo. No sé la persona que lee, pero a mí las ideas físicas de lejanía y cercanía me han facilitado mucho la comprensión del amor y, como en una oferta de dos por el precio de uno, también la del odio.



Esta entrada fue publicada el 12 de January de 2011 a las 12:05 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 3 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
2 comentarios

  • avatar
    silvia
    12 de January de 2011
    11:11 pm

    Muy interesante y ameno. Puedo agregar que el amor dura hasta que termina….
    y ademàs Del odio al amor hay un paso….y ese paso es el`perdòn.
    HASTA PRONTO¡¡


  • avatar
    Pancho
    13 de January de 2011
    10:38 am

    De una forma simplista, como vos mismo lo proponés ayuda o aproxima a la comprensión del amor desde el punto de vista de la relación de un organismo con su entorno y participo de tu opinión. Sin embargo siento que quien ama no por fuerza busca la cercanía física de objeto amado sino su bien, su crecimiento desarrollo o abundancia, y quien odia no precisamente busca alejarse del objeto odiado sino muchas veces busca acercarse para lograr su aniquilación incluso mediante procedimientos violentos. Ahora bien fuera del concepto orgánico del amor, el Universo mantiene su vida, y evolución gracias a una Energía que se manifiesta como generadora del Mayor Bien, que está en constante evolución y expasión y que como tal se rige por medio de leyes de las cuales una es la de atracción y repulsión, pero hay otras que complementan el entendimiento de su actuar. El estudio de las leyes que se derivan de la forma en que esta Energía interactúa con el Universo, tal vez nos puedan dar una comprensión más aproximada al verdadero concepto del amor. Al profundizar uno en el tema termina participando un tanto del criterio de Don Arsenio, “El Amor es indefinible, pasemos al siguiente tema”


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  • 12 de January de 2011
    12:34 pm

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