Algunos datos históricos, astronómicos, políticos y humanísticos para designificar y resignificar la Navidad en menos de lo que Santa Claus dice «¡Jo, jo, jo!»


De la serie Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro

Con la llegada de otra época navideña, de nuevo tenemos a ciertos grupos de corte religioso y conservador llamándonos a no olvidar el «verdadero significado de la Navidad». Por una parte, comprendo y hasta comparto la preocupación de estos grupos por que la figura de Santa Claus le robe protagonismo a la del mismo Jesús y, más aún, por que la celebración del nacimiento de este sea sustituida –y hasta prostituida– por el consumismo imperante de la época. Pero, por otra parte, siento que el significado real de la Navidad se puede ver comprometido por al menos tres cuestiones. Primera cuestión, ¿qué significado puede tener la Navidad para alguien que no es creyente ni cristiano, católico o no católico? Por supuesto que la mayoría de guatemaltecos se confiesan creyentes, así que esto en realidad no debería ser problema, pero igual se debe resaltar que al final de cuentas la Navidad es una celebración de carácter sectario y que, siendo nuestras sociedades esencialmente laicas y respetuosas de la libertad religiosa e ideológica –por lo menos en teoría–, no hay una obligación legal o moral de respetar el significado de la fiesta más que la que uno mismo se imponga según sus convicciones. Segunda cuestión, más importante que ser creyente o no, ¿se puede asegurar que Cristo nació realmente el 25 de diciembre? Pregunto porque los Evangelios no dicen que Cristo haya nacido en esa fecha –de hecho no dicen exactamente cuándo nació–, por lo que todo esto del 25 de diciembre resulta ser no más que una conjetura. No es, además, la única. Los católicos ortodoxos creen que Jesús nació el 7 de enero, personas de otras creencias afirman que algún día entre abril y mayo, y diferentes historiadores y científicos se limitan a decir que el 25 de diciembre es improbable, dadas algunas tradiciones, costumbres, condiciones climatológicas y posiciones astronómicas presentes durante el nacimiento del Mesías y descritas en los Evangelios que no concuerdan con dicha fecha. También está el asunto de que la Navidad, como la conocemos en la actualidad, no es más que una derivación de las antiguas Saturnales, fiestas paganas romanas que finalizaban el 25 de diciembre con la celebración del nacimiento del sol invictus (sol victorioso o invencible), la cual incluía banquetes, regalos, libertad temporal de los esclavos, espíritu de amor, paz y bondad en el ambiente…, similitudes con la Navidad que no son puras coincidencias si tenemos en cuenta que Roma adoptó el cristianismo como religión oficial allá por los tiempos de Constantino, lo que también explica que esta religión se haya sincretizado con otras de origen pagano –sobre todo con el mitraísmo, del cual el cristianismo tomó buena parte de su actual iconografía y rituales–. Tercera y más grave cuestión, más importante que determinar la fecha de nacimiento de Jesús es determinar si él, como persona histórica, verdaderamente existió. Resulta que fuera de la Biblia no existen sino dos o tres menciones de los historiadores de la época de un individuo llamado Jesús o Cristo, que además son dudosas y simplemente no constituyen pruebas históricas fehacientes. Y muchas de las historias, anécdotas y parábolas de Cristo en los Evangelios son sospechosamente similares a las de otros personajes venerados, reverenciados y adorados en el mundo antiguo, muchos de ellos anteriores a Cristo. Sucede que antes de Jesús ya había habido héroes, dioses y semidioses en Egipto, Grecia, Persia e India que nacieron de una virgen, fueron perseguidos por reyes que mandaron matar primogénitos, entraron triunfalmente en la gran ciudad montados en una bestia, resucitaron de la muerte, resucitaron muertos, hicieron milagros, se transfiguraron, etcétera. Tenemos, pues, que no hay una certeza histórica de que Jesús haya existido, menos aún de que este haya nacido el 25 de diciembre. Dadas todas estas cuestiones, cabe preguntarse entonces qué significado real tiene o puede tener la Navidad. Claro que para el creyente esta pregunta no tiene ningún sentido y él o ella seguirá creyendo y celebrando el natalicio de Jesús en la fecha oficializada por el cristianismo institucional. Pero quienes atentamos a ver las cosas desde una perspectiva más universal, más incluyente del mayor número posible de grupos humanos (incluidas las diferentes sectas y religiones), necesitaríamos ver en la Navidad elementos igualmente universales, válidos para todas las personas. A mí se me ocurre que uno de esos elementos quizá podría ser la luz. Independientemente de quién y por qué las patrocine, las luces navideñas alumbrando las noches decembrinas como que despiertan algo en uno. Como que ver de pronto las calles iluminadas y llenas de gente de algún modo nos alegra, consigue que aflore en nosotros esa afabilidad que nos hace llevar una sonrisa aunque todos nuestros problemas y vicisitudes se empeñen en desdibujarla de nuestros rostros. Tengamos en cuenta que el 25 de diciembre correspondía al solsticio de invierno en el calendario anterior, el juliano –mientras que en el gregoriano, que es el actual, es el 21 o 22–, día a partir del cual, en el hemisferio norte al menos, las noches gradualmente dejan de ser largas y el sol comienza a alumbrar en todo su esplendor, como presagiando primavera. De ahí que la fecha se preste para ser una celebración del nacimiento de la luz, literal y figurada. Tal vez eso es lo que inconscientemente hemos estado celebrando todos estos siglos: la natividad de la luz en nosotros, de la feliz noción de que un ser humano en armonía con los demás y lo demás a lo mejor sí es posible al final de cuentas. Y eso es algo que podría ser celebrado por todos y por todas, sin distinción de credos, digamos que un 25 de diciembre, día del nacimiento de un sol radiante y pleno, de un lucero que disipe nuestras oscuridades, de un mesías que nos redima de nuestras bajezas e infamias, de todo lo invenciblemente bueno en cada uno de nosotros.



Esta entrada fue publicada el 27 de December de 2010 a las 1:08 pm por el autor, cuenta hasta ahora con 2 comentarios, fue clasificada dentro de las categorías Ese afán posindustrial de pensar a colores y hablar en blanco y negro, Postexto, y puede ser buscada mediante las etiquetas , , . Siga los comentarios de esta entrada mediante alimentación RSS.
2 comentarios

  • avatar
    Pancho
    8 de January de 2011
    11:36 pm

    Independientemente de las conjeturas, de lo histórico, o de razones válidas por la metodología científica y sin dejar por un lado lo cierto de la conexión entre las fiestas saturnales y la adopción de éstas con tintes cristianos; asumo como creyente no dogmático, ni sectario, que la figura de Cristo refleja desde el punto de vista metafísico o analógico precisamente ese concepto de Luz del mundo, por lo que celebrar el nacimiento de la luz en nosotros o el nacimiento de Cristo para mí resultan lo mismo. Y definitivamente estoy totalmente de acuerdo con vos en universalizar, desmitificar y “des-sectificar” las celebraciones.


  • 12 de January de 2011
    10:10 am

    Excelente artículo, aunque lo leí algo tarde, aún podré preservar por el resto del año eso bueno que existe dentro de mi ser.


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