De la serie Lentes tridimensionales para cíclopes tuertos
Un joven conductor está atascado en una fila vehicular que no pasa ni a palos. De pronto la cola de carros comienza a moverse y él se dispone a avanzar, cuando otro conductor le pide vía. Pero nuestro joven lleva demasiada prisa. «Que le dé vía la abuela de Batman, la mamá de Caperucita o el hijo perdido de la Llorona», se dice para sus adentros y avanza sin dejar pasar al otro automovilista. Dos o tres cuadras más adelante es él quien necesita pedir vía para cruzar en una intersección. Varios autos siguen de largo hasta que uno se detiene y le cede el paso. Cuando el joven voltea a ver al conductor, se da cuenta de que es una señora mayor y de que va acompañada de un niño pequeño, con toda seguridad su nieto, disfrazado de Batman. Le da las gracias y continúa la marcha. Más adelante necesita pedir vía una vez más. De nuevo pasan varios autos hasta que alguien finalmente lo deja pasar. Se trata esta vez de una señora joven con una niña pequeña, seguramente su hija, vestida con una capucha roja. Nuestro joven solo se sonríe de tan extrañas coincidencias, pero entonces, de nuevo en un atasco vehicular, se topa con una conductora de ojos llorosos y semblante apesadumbrado que trata de integrarse al carril de él. «¿La Llorona?», conjetura el automovilista con sobresalto. De inmediato detiene su vehículo y le suena la bocina para indicarle que pase. La mujer sale de su cavilación, le sonríe en agradecimiento y acelera su automóvil. El joven conductor se queda confundido, casi estupefacto, frente a todas aquellas experiencias. «¿Será que alguien está tratando de enseñarme una lección o yo solo estoy viendo micos aparejados en puras casualidades?», se pregunta. Desconoce la respuesta. Vacila entre darle crédito a la razón o a la superstición, pero hay algo que sí saca en claro de aquella inusual jornada: que ser buena gente es cuestión de seres humanos, no de superhéroes de cómics, personajes de cuentos infantiles o espantos del folclor latinoamericano.